por Leticia | 2 abril, 2022 | Noticias
Tal vez el más conocido de los árboles, arbusto y arboledas singulares de la Isla Baja es “El Cardón de Buenavista”, ubicado en la carretera que va camino de la Punta de Teno.
En la actualidad solo sobrevive una pequeña parte de lo que fue tras un incendio sucedido a mediados del siglo XX, provocado por un vecino al realizar una quema de algunos utensilios de labranza, cestas de mimbre y caña principalmente, abandonados en las proximidades.
Popular en el pasado por sus grandes dimensiones, al parecer se necesitaban una veintena de hombres con los brazos abiertos para poder ser rodeado. Según cuenta el periodista Leoncio Rodríguez, el mismísimo Alexander von Humbolt, afamado naturalista alemán que visitó Tenerife a finales del siglo XVIII, escuchó hablar de las grandes dimensiones de este cardón, que podría cubrir más de 150 metros cuadrados y tenía unos 5 metros de alto, aunque al parecer a pesar de su interés no logró llegar hasta este rincón de la isla por la lejanía del mismo.
Desde el punto de vista botánico pertenece al género vegetal Euphorbiae, distribuido por casi todas las regiones tropicales y subtropicales del planeta, un género que el botánico sueco Linneo dedicó a Euforbio, un médico griego del siglo I a. C. que trabajó al servicio del rey Juba II de Mauritania. El cardón (Euphorbia canariensis) es un endemismo de las Islas Canarias, es decir una especie que no podemos encontrar en libertad en estado natural en ningún otro lugar del mundo, una auténtica joya de nuestra biodiversidad.
Este símbolo vegetal está presente en el escudo heráldico del municipio de Buenavista del Norte, donde además da nombre a diferentes empresas de distinta índole, que van desde el turismo activo, a la ferretería, la ganadería, la agricultura y algunas otras, incluida a una agrupación musical.
Hasta hace unos pocos años la gentes de Buenavista del Norte se acercaba hasta allí para comer al pie de sus ramas en forma de candelabros. Algunas leyendas cuentan que durante la guerra civil y la posterior cruel dictadura franquista entre sus ramas se llegaron a refugiar comunistas, socialistas y sindicalistas huyendo de la Guardia Civil y los esbirros de la Falange.
Su majestuosidad ha sido destacada en varios documentos escritos que versan sobre árboles y arbustos singulares, siendo nombrada por primera vez al parecer en 1946 en el libro “Los árboles históricos y tradicionales de Canarias” de Leoncio Rodríguez, periodista fundador de los diarios locales La Prensa y El Día. Lázaro Sánchez Pinto, botánico conservador del Museo de la Naturaleza y el Hombre de Santa Cruz de Tenerife, en los años noventa del pasado siglo lo incluyó en el catálogo de árboles monumentales de Tenerife, al considerarlo un elemento vegetal de interés insular. Posteriormente en el año 2000 el Cabildo de Tenerife lo clasifica como uno de los 292 elementos vegetales de interés dentro del catalogo de “Árboles, arboledas monumentales y flora singular de Tenerife” y que puede ser consultado a través de su web.
El periodista especializado en medio ambiente César Javier Palacios y el naturalista Domingo Trujillo hacen una detallada descripción de los valores de este arbusto en el libro “Árboles y arboledas singulares de Canarias, memorias vivas de la tierra” editado por el Gobierno de Canarias en el año 2009, indicando que puede tener más de 200 años de edad. Más recientemente Cesar Javier Palacios lo visitó con el fin de recabar información para incluirlo en el futuro decreto de protección “árboles y arbustos monumentales de Canarias” como una de las joyas vegetales de nuestras islas.
A pesar de su más que destacada importancia, hoy en día sus restos se encuentran en medio de un pequeño parque ajardinado con plantas canarias, realizado hace más de una veintena de años por una escuela taller. Entre sus ramas latas de refrescos, colillas y plásticos de golosinas le hacen compañía, a la sombra del edificio de una estación transformadora de electricidad, rodeado de muros de bloques sin vestir, denotando un aparente estado de abandono, fruto de años de olvido de lo que es el símbolo vegetal de uno de los municipios más bellos de Tenerife.
por Leticia | 1 abril, 2022 | Noticias
Es una tarde de finales de verano y Bernardo de Armas, antiguo pescador ya jubilado de Buenavista del Norte, regresa de su paseo vespertino.
Las gaviotas suenan de fondo y en la plazoleta de la Avenida Nicolás Díaz Dorta, como cada tarde, se empiezan a reunir algunos vecinos de la zona: «Bernardo, ven, que aquí quieren que hablemos de la playa de Los Barqueros», comenta uno, «ay, nuestra playita, lo que era y en lo que se acabó convirtiendo», añade.
Tras el desprendimiento en la playa de Los Guíos en Los Gigantes el 1 de noviembre de 2009, donde dos mujeres perdieron la vida, se prohibió el acceso a Los Barqueros por peligro de derrumbe. Sin embargo, hay quienes aún se atreven a bajar a este lugar que, después de una década, solo guarda restos de lo que fue en el pasado. «Viéndola como está ahora de abandonada nadie se podría imaginar lo que fue esa playa para Buenavista, era la mejor que teníamos y no solo porque fuera bonita, sino porque es una zona buenísimo para nadar, no hay corriente, en verano está la mar buena y se pescaba como en ningún lado», cuentan.
Durante décadas, tal y como señalan los vecinos, más de 15 familias dependían de la playa y de la pesca. Incluso, como Bernardo, había quienes llegaron a vivir en las cuevas de Los Barqueros: «Se pasó muy mal en la posguerra y pasábamos mucha hambre, si comías un poco más de lo debido ya no tenías para el día siguiente», relata, «y nosotros aquí en la costa siempre andábamos con la ropa mojada, no había más». A pesar de que hoy en día solo quedan algunas barcas abandonadas, estos buenavisteros aseguran que «hubo años en los que no cabía ni una más».

Según los pescadores, durante el franquismo la cofradía exigió que únicamente se pudiera pescar en Los Barqueros con pandorgas y anzuelos, y durante un periodo de tiempo limitaron el uso de nasas (redes cerradas que permiten la pesca masiva). «Esto aquí se convirtió en un vergel, venía gente de toda la Isla Baja a pescar y a comprar». Incluso, se llegó a mandar pescado para Santa Cruz: «Lo empaquetaban como podían en una cesta y lo mandaban en una guagua que llamábamos El Vulcan que salía todos los días de aquí a las 16.00 horas», recuerda Bernardo.
Sin embargo, la situación ha cambiado: «Da tristeza que uno recuerde esto porque ahora no tenemos en el pueblo donde comprar un kilo de pescado fresco de nuestra costa», comentan. Y es que, según los vecinos «ya prácticamente por aquí pocos pescadores hay, la mayoría son de recreo y están casi todos en Teno, Los Silos o Garachico».
Con el paso del tiempo, Los Barqueros ha ido cayendo en el olvido de los que en su momento pasaban horas y horas allí, convirtiéndose en un lugar inexplorado por muchos jóvenes de Buenavista que desconocen la historia de este sitio que tantos recuerdos guarda. Actualmente, dos señales en deterioro avisan del riesgo de derrumbe, y una larga y empinada pendiente, oculta en partes por la maleza, separa la carretera de la costa: «Si ahora es difícil subir y bajar imagínense antes cuando las mujeres y los hombres lo hacían con los cubos de pescado por la vereda de tierra».
Festividad y tradición en Los Barqueros
Cuentan los vecinos que, a finales de los años 60, gracias a la recaudación del pueblo, se pudo construir la ermita de la Virgen del Carmen, situada en la parte alta de la playa, junto al mirador de Los Barqueros.«Cada 16 de julio celebrábamos el embarque acompañado por los pescadores hasta Las Arenas y volvíamos». Tal y como señala Bernardo «se hacían juegos en la costa y en el agua, se ponía la cucaña engrasada, las sogas, pescaban, había torneos de envite, se preparaban paellas en la cueva, se bailaba…». En resumen: «Todo un buen jolgorio». Actualmente los buenavisteros siguen sacando en procesión a la Virgen, pero en vez de hacia la costa suben por la calle del cementerio municipal.
El deseo de volver a verla abierta
Los vecinos de Buenavista entienden la prohibición, pero no la pasividad por parte de la administración pública: «Aquí hay más peligro que en Masca, hay unos riscos grandes que dicen que se pueden ir abajo, lo sabemos, pero después de todo este tiempo ya podrían haber buscado una solución». Sin embargo, no cargan contra el consistorio local: «Tendrán parte de culpa, pero sabemos que no es cosa del Ayuntamiento, sino de Costas». Por otro lado hay quienes, como Bernardo, creen que que el cierre de Los Barqueros «es más por la mala conciencia que por el peligro real de derrumbe».
«Nosotros pensamos que tendrían que echarlo todo abajo, moler toda la piedra, echársela a la mar y hacer una ermita nueva, así recuperaríamos el lugar precioso que era», proponen. Según los pescadores, llegaron a ir al Ayuntamiento personalmente «para pedir que se volviera a abrir la playa en la que muchos se criaron», pero hoy en día«a la gente joven no le interesa y los mayores están cansados».
El sol empieza a ponerse y el grupo de amigos comienza a despedirse: «Ha estado bien recordar viejos tiempos», concluye uno. Bernardo, el mayor de todos, es el último en abandonar la plazoleta de la Avenida Nicolás Díaz Dorta: «Por favor, pon, por si sirve de algo, que no quisiera morirme sin ver mi playa de Los Barqueros abierta de nuevo».